miércoles, 16 de julio de 2014

Un día en Lectoure

Orgullosas tras sobrevivir a nuestra primera noche acampando solas, emprendimos nuestro camino a un siguiente destino, Lectoure, ubicado en una pequeña montaña. Este lugar nos trajo dos cosas buenas, el Intermarché y una historia para contar.

Llegar no fue sencillo, tuvimos un recorrido empinado pero con vista a un paisaje de sembradíos de trigo y un pequeño lago, ese fue el mejor precio de escalada bajo el crudo sol de verano. Paramos unos minutos a recargar energías y pedir un poco de agua, disfrutamos un poco el paisaje y en la salida del pueblo decidimos comprar alguna comida, así que mientras Laura M se quedó con las bicicletas afuera, yo entré al Intermarché, el lugar donde encontramos comida más barata, que normalmente es de esta marca:


Feliz con la compra del día (unas tortillas para hacer los burritos del almuerzo, entre otras cosas), salí para encontrarme con Laura M en medio de un pequeño caos de algunas de nuestras pertenencias. Laura acababa de presenciar un accidente con nuestras bicicletas, pues al dejarlas parqueadas en un parqueadero similar al de la foto, éstas cayeron de lado por un intempestivo viento lo cual dobló (literalmente) las ruedas delanteras de ambas por un momento y desajustó los frenos.
Preocupadas por nuestra situación, decidimos almorzar, Laura tomó una siesta luego de esto* y empezamos a aplicar el basic troubleshooting que nuestro coach nos había enseñado para problemas con los frenos. Tristemente no funcionó nada y temíamos que los rayos se hubieran desajustado así que en un intento desesperado hacia la nada, llamamos a Tom quien obviamente no podía hacer mucho en ese momento.
Fue en ese instante que tuvimos que tomar una decisión, continuar sin los frenos delanteros y rezar que la llanta no estuviera lo suficientemente desajustada, o volver a Lectoure y esperar a encontrar a alguien que nos ayudara un sábado en la tarde en un pueblito al sur de Francia.
Basándonos en nuestro criterio de seguridad y extrema precaución, decidimos devolvernos y a unos pocos metros del Intermarché encontramos un local de reparación de motos. Fue en ese sitio que un hombre viéndonos en nuestras circunstancias decidió ayudarnos a ajustar los rayos y los frenos de nuestras bicicletas a pesar de que no le gusta repararlas generalmente, y adicionalmente nos ofreció ir a la piscina para refrescarnos mientras él finalizaba el trabajo. Esto para nosotras significó la felicidad completa pues unos minutos atrás estábamos a punto de sentarnos a llorar.
Fue así como resultamos en el carro de su esposa, yendo a un kilómetro de distancia de nuestras bicis, un poco desconfiadas tras haber dejado nuestras bicis en este lugar y habernos subido en el carro de una completa desconocida. Ella nos llevó a una iglesia y nos indicó el camino para llegar a la piscina.
Tras bajarnos del carro, memorizamos la placa y desconfiadamente seguimos el camino indicado. Entramos a un sendero al lado de la iglesia, cruzamos una sala de exposiciones, un bello jardín y voilá: La piscina!!! Sin embargo nuestra dicha desapareció inmediatamente al darnos cuenta que ingresar nos costaría a cada una 4 euros ($10.800 aproximadamente), precio que nos pareció prohibido teniendo en cuenta que tuvimos que pagar 30 euros por la reparación ($81.000) y que nos impidió entrar a este paraíso.
La piscina
Con el corazón roto y despechado, decidimos comprarnos 1 euro de gomitas para el kilómetro de camino hacia el taller. Regresamos, agradecimos al señor por su ayuda y continuamos nuestro camino.  
Unos minutos después de retomar ruta, empezaron a caer gotas de lluvia acompañadas de un fuerte viento. Viendo nuestra situación decidimos buscar un lugar para dormir y refugiarnos de la lluvia. Buscamos la casa más cercana y hablamos con un hombre que resultó ser el jardinero de algunas de las casas aledañas. Este amable hombre nos llevó a un lugar donde los dueños no regresarían hasta unos días después y allí pudimos armar nuestra carpa y descansar luego de un día agitado.
La buena noticia con respecto a la casa, además de darnos un techo para descansar es que también contaba con una piscina. La mala noticia es que no pudimos usarla, no había acceso a una fuente de agua para bañarnos luego de entrar y porque no teníamos permiso. Es así que transcurrió nuestro día en la búsqueda del camino a Toulouse mejor conocida como “la historia de la piscina que no fue” o “el día que avanzamos 15 kilómetros”.


Nota: al día siguiente seguimos la ruta con un fuerte viento y desolados pueblos franceses para luego encontrarmos con nuestro primer camping (18 euros por ambas, mucho más costoso de lo indicado por amigos franceses), decidimos pagarlo para darnos un merecido baño y usar la piscina. La tragedia fue que en esta ocasión tampoco pudimos usarla pues al terminar de montar nuestra carpa empezó una torrencial lluvia con viento que no nos permitió disfrutar de nuestra piscina paga.
Desolado pueblo francés (click para ampliar)

No hay comentarios:

Publicar un comentario