Orgullosas tras sobrevivir a nuestra primera
noche acampando
solas, emprendimos nuestro camino a un siguiente destino, Lectoure,
ubicado en una pequeña montaña. Este lugar nos trajo dos cosas buenas,
el Intermarché y una historia para contar.
Feliz
con la compra del día (unas tortillas para hacer los
burritos del almuerzo, entre otras cosas), salí para encontrarme con
Laura M en
medio de un pequeño caos de algunas de nuestras pertenencias. Laura
acababa de
presenciar un accidente con nuestras bicicletas, pues al dejarlas
parqueadas en un parqueadero similar al de la foto, éstas cayeron de
lado
por un intempestivo viento lo cual dobló (literalmente) las ruedas
delanteras de ambas por un momento y desajustó los frenos.
Preocupadas por nuestra situación, decidimos almorzar, Laura
tomó una siesta luego de esto* y empezamos a aplicar el basic troubleshooting
que nuestro coach nos había enseñado para problemas con los frenos. Tristemente
no funcionó nada y temíamos que los rayos se hubieran desajustado así que en un
intento desesperado hacia la nada, llamamos a Tom quien obviamente no podía
hacer mucho en ese momento.
Fue en ese instante que tuvimos que tomar una decisión,
continuar sin los frenos delanteros y rezar que la llanta no estuviera lo
suficientemente desajustada, o volver a Lectoure y esperar
a encontrar a alguien que nos ayudara un sábado en la tarde en un pueblito al
sur de Francia.
Basándonos en nuestro criterio de seguridad y extrema
precaución, decidimos devolvernos y a unos pocos metros del Intermarché
encontramos un local de reparación de motos. Fue en ese sitio que un hombre
viéndonos en nuestras circunstancias decidió ayudarnos a ajustar los rayos y
los frenos de nuestras bicicletas a pesar de que no le gusta repararlas generalmente, y adicionalmente nos ofreció ir a la piscina para refrescarnos
mientras él finalizaba el trabajo. Esto para nosotras significó la felicidad
completa pues unos minutos atrás estábamos a punto de sentarnos a llorar.
Fue así como resultamos en el carro de su esposa, yendo a un
kilómetro de distancia de nuestras bicis, un poco desconfiadas tras haber
dejado nuestras bicis en este lugar y habernos subido en el carro de una
completa desconocida. Ella nos llevó a una iglesia y nos indicó el camino para
llegar a la piscina.
Tras bajarnos del carro, memorizamos la placa y
desconfiadamente seguimos el camino indicado. Entramos a un sendero al lado de la iglesia, cruzamos
una sala de exposiciones, un bello jardín y voilá: La piscina!!! Sin embargo
nuestra dicha desapareció inmediatamente al darnos cuenta que ingresar nos
costaría a cada una 4 euros ($10.800 aproximadamente), precio que nos pareció
prohibido teniendo en cuenta que tuvimos que pagar 30 euros por la reparación
($81.000) y que nos impidió entrar a este paraíso.
| La piscina |
Con el corazón roto y despechado, decidimos comprarnos 1
euro de gomitas para el kilómetro de camino hacia el taller. Regresamos, agradecimos
al señor por su ayuda y continuamos nuestro camino.
Unos minutos después de retomar ruta, empezaron a
caer gotas de lluvia acompañadas de un fuerte viento. Viendo nuestra situación
decidimos buscar un lugar para dormir y refugiarnos de la lluvia. Buscamos la
casa más cercana y hablamos con un hombre que resultó ser el jardinero de
algunas de las casas aledañas. Este amable hombre nos llevó a un lugar donde
los dueños no regresarían hasta unos días después y allí pudimos armar nuestra
carpa y descansar luego de un día agitado.
Nota: al día siguiente seguimos la ruta con un fuerte viento y desolados pueblos franceses para luego encontrarmos
con nuestro primer camping (18 euros por ambas, mucho más costoso de lo
indicado por amigos franceses), decidimos pagarlo para darnos un merecido baño
y usar la piscina. La tragedia fue que en esta ocasión tampoco pudimos usarla
pues al terminar de montar nuestra carpa empezó una torrencial lluvia con
viento que no nos permitió disfrutar de nuestra piscina paga.
| Desolado pueblo francés (click para ampliar) |

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